Texto y fotos: Pablo Morante
Rock del bueno en la orilla del Manzanares, en La Riviera, donde el río hace un meandro hacia el estadio del Atlético de Madrid. Era una cita inexcusable cuando el otoño declinaba hacia el invierno, con un frío de los de toda la vida, la mejor coartada para los negacionistas del cambio climático. El jueves se cernía sobre Madrid la caspa de los peores taxistas de Europa. El viernes se declaraba en Cataluña la guerra a la fiesta de los toros. Y el sábado ganaba el BarÇa la copa del mundo. En medio de tanta gresca, tocaban cuatro bandas de rock and roll a la orilla del río: Supersubmarina, Sidecars, Sidonie y Quique González.
Quique, el gran Quique González, salía al escenario pocos minutos después de que el Barcelona ganara la copa del mundo. La Riviera estaba reventando. Un ala del público quería encender el fuego eterno. Y gritaba “Oé, oé, oé, oé…”, buscando un guiño del cantautor contra el equipo azulgrana”. Pero Quique hizo oídos sordos. Y atacó por sorpresa, como atacan los grandes en las ocasiones que lo merecen: “A pesar de todo, hay que felicitar al Barcelona”, dijo. Y cantó “El Campeón”, entre silbidos de gloria y barro.
Antes había cantado “Cuando estés en vena”, “Me agarraste” y muy probablemente “Arma precisa”. Luego llegó el himno, “Pequeño rock and roll”, con 2.500 dedos apuntando al escenario. Y en ascenso, hacia el delirio, siguieron “Deslumbrado”, “Salitre”, “Nadie podrá con nosotros”, “Su día libre”, “Vidas cruzadas”, “La luna debajo del brazo” y “Miss camiseta mojada”. Una noche mágica, directa al rock and roll, con una nueva banda que pone lo suyo para favorecer su vuelta a los orígenes. Ahí estaba el gran Jacob Reguilón al contrabajo, el genial Toni Jurado a la batería, el polivalente David Soler a la guitarra alternada con el pedal steel, y el discreto Julián Maeso al hammond. Pero, sobre todo, ahí estaba Quique González, gustándose, gustando y metiendo el mejor rock and roll en su nueva gira Daiquiri Blues. Y Madrid, a sus pies. Como no podía ser de otra manera.
LA BOLSA Y EL BOLSILLO
Estábamos en La Riviera, ¿no?. Ocurre que la emoción nubla a veces la vista de la realidad. Y la primera vista era un humillante cacheo a la entrada de la sala. El alcalde de Madrid pone muy alto el listón de la edad para asistir a los conciertos. Pero no se ocupa de velar por la dignidad de los ciudadanos ante los excesos de la seguridad privada. ¿He dicho seguridad?. Rectifico. “Si quieres, te digo dónde llevo el arma…”, espetaba Javi Moreno al tipo que le cacheaba sin remilgos. No era una cuestión de seguridad. La seguridad era sólo una excusa para hurgar en el intestino de los asistentes, en busca de una petaca de alcohol que hiciera competencia al negocio de las cinco barras repartidas por la sala. Todo por la pasta.
Esto ocurría el sábado, el penúltimo día del otoño bajo la égida del cambio climático. Pero el jueves estábamos en otra onda. Muy de mañana, los taxistas habían paralizado Madrid con una huelga salvaje. Y los toros eran devueltos por los catalanes al corral del resto de España. “¿Es que van a quemar también a Picasso, a Goya y a Ortega…?”, replicaban los taurinos más civilizados. Porque de todo hay. Por un lado, quienes la emprenden contra España. Y por otro, quienes la emprenden contra Cataluña. En este caso, también los toros se habían convertido en arma arrojadiza.
Pues resulta que en este ambiente llegaba a Madrid la banda Sidonie, procedente de Barcelona. El club azulgrana no había ganado todavía la copa del mundo. Pero se había celebrado el simulacro de referéndum de autodeterminación. Los músicos catalanes ya había visitado Madrid en otro ambiente similar. Esta vez a la inversa, cuando un bando de españoles declaró el boicot a los productos catalanes. Curiosamente en vísperas de navidad, con el cava montado como arma de fuego. Ya por aquel entonces, el cantante de Sidonie despejaba cualquier duda: “La gente del rock and roll no está en esa onda”. Y era verdad.
Ni entonces ni ahora dio el público de La Riviera una nota fuera de tono. Todo lo contrario. Los músicos catalanes dictaron una lección de rock sobre el escenario. Y una sala abarrotada se rindió a sus pies. Lo que comenzó con “Viernes” y “La sombra”, fue tomando altura en “Sin querer”, “El loco que inventó el amor”, “A la vera del mar”… “Ahora vamos a tocar una habanera”, advirtió Marc Ros. Y Comenzó “Por ti”, mezclando magistralmente los acordes estonianos con la cadencia de los sones de Cuba. Luego llegó el fuego, “El incendio”, con la penúltima puesta en escena del histriónico Jess Senra y la voz del cantante cada vez más crecida. Da la impresión de que Sidonie se lo empieza a creer. Y la banda transmite su seguridad con un vuelco decidido hacia el rock and roll.
DESABROCHADA
Los madrileños Sidecars cerraban gira en La Riviera. Y lo hicieron con un rock potente, deslenguado, sincero de los pies a la cabeza. Ya es hora de que empiecen a creérselo. Porque la banda está ya lo suficientemente rodada como para resultar creíble. Estos chicos tienen todo lo necesario para poner su nombre en la lista de espera de los que van a triunfar. No ya en las radio - fórmulas, no ya en el ranking discográfico, ni siquiera en el recreo hormonal de los colegios. Pero sí en las citas del directo, donde los músicos dan la medida exacta de su honestidad.
Sidecars exprimió su repertorio en La Riviera con un ritmo frenético, encadenando las canciones sin respiro. Todas conocidas, todas coreadas, todas celebradas por un público que superaba en varios años la edad “grouppie”. Incluso un tema que no fue incluido en el disco, “Piso 16”, elevó el ambiente hasta la cima del rock and roll. ¡Caña, caña, caña…!, para todos los públicos, sin distingo de los que acudieron por una u otra banda.
Y una sorpresa. Mediado el concierto saltó una canción de su próximo disco, un tema descarado que tiene trazas de convertirse en el primer single. Su nombre es “Desabrochada”, puro rock and roll. Dice así: “Las cremalleras de los dos, desabrochadas. Vacío mi cargador… y tú das patadas”. Sin duda, la letra lo merece. Un próximo disco que producirá Miguel Conejo Torres (Pereza) y que saldrá a la venta hacia la primera semana de marzo. “A quién me recuerda este chico…”, siguen diciendo las malas lenguas de Juancho Conejo Torres, el cantante de Sidecars. Pues en lo musical, a Ronaldos, a Burning, tal vez a Tequila… Y en lo personal, a sus propios genes. Todo en orden, ¿no?.
El grupo Supersubmarina entró en La Riviera de puntillas y estuvo a punto de salir a hombros. Tocaron los primeros de la terna, todavía con media entrada. Pero fueron convenciendo al público a medida que avanzaba su actuación. “¿De dónde vienen estos chavales?”, se oía, sin ningún tono de desprecio. “De Jaén”, dijo alguien. Y para mayor concreción, de Baeza, donde el renacimiento imprime carácter.
Lo cierto es que la banda apunta algo más que buenas maneras. Y sus canciones no pasan inadvertidas a la primera escucha, con temas destacados como “Ola de calor” o “Ciento cero”. Sus influencias parten de Los Planetas y llegan a Franz Ferdinand como uno de sus referentes más precisos. Los chicos de Baeza aprenden rápido. Su acento no es otro que el lenguaje del rock and roll.
Casi me olvido. Quique González se quedó sin fotos en esta crónica porque un gorila secuestró mi preciada cámara reflex, una Nikon 300D con objetivo Tamron 17 – 50 mm (f 2,8). Al final del concierto, cuando me fue devuelta mi divinidad, no pude evitar un comentario cómplice: “Perdónalos, que no saben lo que se hacen…”.